Crónica de un tambo en tiempos de Covid-19

Producir XXI, marzo 2021

Crónica de un tambo en tiempos de Covid-19

Como en el resto de las actividades, también en los tambos se hizo sentir el Covid-19. Y “La Manea”, con sus dos tambos, no fue la excepción.

Se estaba, de la noche a la mañana, ante una situación inédita. Sabían lo que era pasar por épocas de sequía, otras de inundaciones, caminos intransitables para poder sacar la leche día tras día. Todo eso era ya terreno conocido, y había experiencia en cómo enfrentar todas esas adversidades, pero esto era algo totalmente nuevo.

Mantener la producción fue posible, pero…
Algunos podrían pensar en esos momentos iniciales que la prioridad y lo más complicado al mismo tiempo, era que no se viera afectada la producción de leche. Con el paso de los días se fue comprobando que, a costa de mucho esfuerzo, eso parecía cumplido.
Pero la gran prueba en realidad estaba en otro lado: en el personal. En un trabajo sacrificado y rutinario como pocos, iban llegando las complicaciones. Ya los francos del personal no eran sinónimo de poder salir, sino que, ante las limitaciones de circulación, había que quedarse en el campo. El esperado viaje al pueblo desapareció de pronto, y todo el grupo humano pasó a una convivencia intensa antes no conocida.
Las familias lo afrontaron a su manera, pero quienes sintieron la mayor carga fueron los “solteros” por así llamarlos. Tenían que seguir compartiendo la vivienda, las comidas, los utensilios, la convivencia en general, como si fuera todo un grupo en cuarentena. Y eso implicaba grandes desafíos para todos.

El apoyo de la Soc Rural de la zona   
A los días de comenzada la cuarentena, llegaba una encuesta de la Sociedad Rural de la zona inquiriendo, entre otras cosas, cómo se estaban tomando todos los recaudos ante la pandemia. Y además, en caso de algún contagio, venía el otro gran desafío: conseguir personal que pudiera reemplazar a quienes estaban aislados. Para completar, dejaron de permitirse las visitas al campo de familiares o conocidos del personal. Es aislamiento se hacía sentir realmente.

De modo que fue como si el virus se llevara la convivencia y el trabajo en equipo que siempre ha caracterizado al tambo, a una situación límite. Y ante esa situación, había cosas que podían “manejarse” pero otras no.

Los carteles de advertencias y recomendaciones estaban a cada paso, en la fosa, en la sala de leche, en la oficina, recordando una y otra vez todo lo que se debía hacer y especialmente lo que no. Pero no todos sabían leer, pequeño detalle quizás no previsto…aunque ayudó el afiche que mandó Producir XXI con la revista, muy simple y gráfico.

Fue difícil, pero se pudo, gracias a todos   
En uno de los equipos, continuaron las rondas de mate comunitario durante el ordeñe. Otros seguían compartiendo las comidas, como siempre lo habían hecho. Era tan difícil cambiar ciertos hábitos; ni tampoco podía estar alguien vigilando a toda hora los movimientos del personal. En definitiva, quedaba a criterio de ellos, a su responsabilidad obrar en consecuencia.
Eso del recomendado “distanciamiento social” tampoco era algo factible dentro del movimiento de la fosa. Por otro lado, se les había provisto de barbijos, alcohol en gel y guantes, pero de ahí a que todos los usaran en todo momento indicado era otra historia.
Esa convivencia extrema también trajo sus roces. Entre quienes querían seguir al pie de la letra todas las recomendaciones, quienes preferían seguir algunas solamente, y quienes no les daban importancia a todas esas complicaciones. Unos querían fijar e imponer protocolos, que otros no aceptaban, y así se producían las diferencias, que en otros tiempos y en otras circunstancias, posiblemente nunca hubieran surgido.
El encargado de los tambos, estando dentro del grupo de riesgo por motivos de salud, se abstenía de bajar a la fosa, como lo había venido haciendo durante años prácticamente todos los días. Don Carlos, el dueño, teniendo que solucionar todos los nuevos problemas en el pueblo, ya no hacía su visita diaria al campo.
Y así como surgían las diferencias entre empleados, también lo hacían entre familias, cuando aparecían las diferencias de criterios si hacer las cosas de tal o cual forma ante la pandemia. ¿Cómo que juntarse?, cuestionaban algunos.
Para completar el panorama, las urgencias, que nunca faltan en el tambo, y que suelen aparecer en el momento más inesperado, preferentemente a la noche y en días feriados o domingos, llámese problemas eléctricos, con el equipo de ordeñe, con los tractores, con una camioneta, eran otro dolor de cabeza. Tarea ímproba conseguir que quien podía solucionar el problema llegara a tiempo, a cualquier hora, y además, por tener que ir sin acompañante, complicaba todo.

De modo que fue como si el virus se llevara la convivencia y el trabajo en equipo que siempre ha caracterizado al tambo, a una situación límite. Y ante esa situación, había cosas que podían “manejarse” pero otras no.

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